domingo, 22 de julio de 2012

Bienvenido a la Comunidad de La Puerta del Destino KIER



A lo ancho del planeta existen huellas evidentes de una actitud humana que no ha cambiado desde la prehistoria hasta nuestros días. Esas huellas evidentes muestran a sabios dirigiendo su mirada hacia el cielo, tratando de encontrar en las estrellas la explicación de la existencia. No se trata de una característica particular de una cultura o una época. Hay en esta necesidad humana una universalidad geográfica, desde Sumer hasta Mesoamérica. Desde las tierras de Hiperbórea en el norte mítico hasta las tierras australes de los indios patagones. De modo que esta búsqueda del hombre, que trata de encontrar respuestas en el cielo forma parte de la condición humana.

La explicación pareciera sencilla. Oscar Adler decía que el hombre, apenas surgido del seno de la Tierra y de las profundidades del pasado, expuesto a la “luz del mundo”, se encuentra en el deber de conectar lo de “arriba” con lo de “abajo”, conexión que nada más que él puede establecer. En otras palabras, el hombre es el punto en donde el macrocosmos se encuentra con el microcosmos y el único ser que puede interpretar su lugar en el centro de ambos infinitos. Existe, así mismo, una idea universal respecto del origen cósmico del alma humana, idea que está plasmada en todos los Libros Sagrados, desde el Antiguo Testamento al Popol Vuh. “…Dios creó al hombre de polvo de tierra y sopló en su nariz el aliento de vida… Y el hombre se convirtió en un alma viviente…”

Del mismo modo que el hombre está integrado por infinidad de microrganismos, Adler afirmaba que el hombre forma parte de un organismo superior, aunque sus ojos no puedan percibirlo. Ese organismo no es otra cosa que un inmenso ser viviente al que llamamos Tierra, dentro del cual vivimos, pero que como tal, forma parte de un organismo aun más vasto, capaz de proyectarse a escalas diferentes, tanto “hacia afuera” como “hacia adentro”. Si hay una característica que hace mágico al pentagrama es que es una figura geométrica capaz de reproducirse tanto hacia afuera como hacia adentro, y el pentagrama –o pentalfa- es, en definitiva, un símbolo estelar.


Como organismo superior al que pertenecemos, la Tierra existe en el concierto de un Universo cuyos misterios aún permanecen velados pese a los esfuerzos de la ciencia, que ha intentado comprenderlos desde los primeros observatorios paleolíticos como el de Stonehenge, hasta el Acelerador de Hadrones que intenta descubrir la "partícula de Dios". De un modo u otro, percibimos que la vida comenzó allí afuera, en el centro inescrutable de nuestra Galaxia. Es por esa razón que no debe sorprendernos que la frontera de la ciencia continúe lindando con el desconocido mundo de lo esotérico, que no es otra cosa que aquello que aún no vemos con nuestros propios ojos. Es por la misma razón que volvemos una y otra vez la mirada al Cosmos, buscando el anuncio de nuevos tiempos, de eras luminosas y de cataclismos, de la llegada del Hijo amado del Sol, que viene a guiar a los hombres en su propio mundo, aquí abajo.

Siguiendo el concepto hermético que afirma que lo que está arriba es igual a los que está abajo, la humanidad ha buscado métodos y sistemas que le permitiesen interpretar el flujo y reflujo de la vida, los vaivenes del destino y el futuro que nos atrapará inexorablemente. Las runas en el mundo de los druidas, El Libro del Tarot, desde Egipto hasta las tribus de Bohemia, los misteriosos exagramas del I Ching, la huellas caprichosas del agua en la playa o el vuelo del pájaro que altera el telón del cielo como una flecha que indica un rumbo, todos estos modos de interpretar el alma y su destino forman parte de un mundo fascinante en cuyos extremos están los profetas y los albures. Este sitio de Comunidad Kier está destinado a quienes han escrito sobre diversas maneras de interpretar nuestro destino y que con sus obras nos ayudan a mirar detrás del velo de nuestros días.

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